Publicado: Dom, Feb 19th, 2017

Tras el rastro de la épica goda en Tolkien.

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Reflexiones a partir de los estudios filológicos de Tolkien

Introducción

No pocas veces se ha dicho que la Batalla de los Campos del Pelennor tiene una relación directa con la Batalla de los Campos Cataláunicos, en su narración y significado. En ella se enfrentaron Atila y Roma, con sus aliados, en las llanuras bien de la actual Châlons-sur-Marne, o de Méry-sur-Seine, pues también se la llamó la batalla de los Campos Mauriacos. Tolkien, como veremos, seleccionó algunos elementos de esta extraordinaria batalla para insertarlos en su relato a través del proceso de sub-creación. Pese a todo lo dicho, creemos que una lectura comparada y ordenada podría dar buenos resultados en esta temática, y esperamos que a través de las siguientes líneas los relatos que vamos a recoger os inspiren, como han hecho con nosotros, nuevas reflexiones que enriquezcan las ya existentes.

El profesor Tolkien sintió desde joven una facinación por la lengua gótica que le llevó, por su entusiasmo, a concebir su estudio también como un pasatiempo. Así lo reconoce en la carta 272: a menudo ponía inscripciones «góticas» en los libros, le respondió a Zillah Shering cuando éste le preguntó sobre una rara inscripción que había encontrado en un libro de segunda mano que, finalmente, resultó ser un poema realizado por Tolkien en su juventud.

Sin embargo, la pasión de Tolkien por esta lengua estaba determinada por la escasez de vestigios que nos han llegado sobre ella. Sólo se conserva de esta lengua la famosa Biblia de Ulfila (el Codex Argenteus) y las posteriores glosas escritas en el XVI en la zona de Crimea. Nada más, hasta que Tolkien realice el único poema en gótico que existe: el ‘Bagme Bloma’, recogido en el Apéndice B de The road (pp. 30 y 400). La importancia política pero sobre todo ideológica de los godos fue de primer orden, ya que durante toda la Edad Media permaneció fija en la memoria la gloria de su peripecia y los triunfos que obtuvieron. Por contra, no se han conservado ni su lengua ni sus escritos, más allá de la Biblia de Ulfila.

De este modo Tolkien, como ya realizó con la Edda en su Sigurd & Gudrún o con el Beowulf en su Hobbit, también salvó esta laguna que sufren los godos con su obra, y más concretamente con el pueblo de los rohirrim y la Batalla de los Campos del Pelennor. Siguiendo su lógica, los rohirrim representan una mezcla entre anglosajones y godos, siendo la unión ideal que él habría deseado ver en unos anglosajones jinetes, cuando en la realidad éstos eran completamente inexpertos en este arte. Como dice Shippey, he knew the dim tradition that the word ‘Goths’ itself meant ‘Horse-folk’, esto es, que la palabra godos significa etimológicamente, por sí misma, pueblo de jinetes. (The road, 144). Efectivamente, todos los reyes hasta Eorl tienen nombres en lengua gótica (The road, 148), encajando en la cosmogonía de Tolkien como los antepasados históricos de los anglosajones: si lingüísticamente eran afines, cronológicamente el gótico es la lengua de tronco germánico más antigua de la que se conservan documentos escritos.

La batalla de los Campos Cataláunicos fue considerada desde su tiempo como un momento históricamente decisivo. Más allá de su época, pervivirá en la memoria de las gentes a través de cantares, crónicas e historias, olvidándose su nombre pero perviviendo en la mentalidad popular. Aquí compararemos la visión de las descripciones más antiguas, trataremos la gran laguna de los textos góticos, y cómo Tolkien se une a la tradición épica que mantiene viva la memoria de esta batalla, a través de la mitopoiesis.

La referencia más clara que hemos encontrado comparando la Batalla de los Campos Cataláunicos con el Pelennor está de hecho en Shippey, cuando dice:

On a larger scale the Battle of the Pelennor Fields closely follows the account, in Jordanes’s Gothic History, of the Battle of the Catalaunian Plains, in which also the civilisation of the West was preserved from the ‘Easterlings’, and in which the Gothic king Theodorid was trampled by his own victorious cavalry with much the same mixture of grief and glory as Tolkien’s Théoden. (The road, 18)

En otras palabras, ambas batallas comparten, en general, el desarrollo descrito por Jordanes y la actitud de sus principales personajes, en particular la defensa de la civilización occidental ante la amenaza de los «orientales» y algunos aspectos de la muerte del rey godo Teodoredo que luego comentaremos en más profundidad.

Dichas estas notas introductorias, veamos más detenidamente a continuación la batalla de los Campos Cataláunicos, y su transformación en la del Pelennor por obra de Tolkien. Dos son las fuentes básicas de la primera: Jordanes e Isidoro de Sevilla, cuyas versiones comentaremos antes que la de Tolkien para hacer más comprensibles sus aportaciones.

El ambiente previo a la batalla

San Isidoro de Sevilla, siglo y medio después de que tuviera lugar la batalla, describe los tiempos que precedieron inmediatamente al combate así en Historia de los Godos, Vándalos y Suevos (HG):

Durante este tiempo se sucedieron muchos signos prodigiosos en el cielo y en la tierra, que eran significativos de una guerra tan cruel. En efecto, se produjeron frecuentes terremotos, la luna se oscureció por el oriente, un cometa apareció por el ocaso y brilló durante algún tiempo con gran fulgor, por el norte el cielo se puso rojo como fuego o sangre y, en medio del ígneo resplandor, se destacaron unos trazos más claros, conformados a la manera de lanzas resplandecientes. Y nada de extraño hubo en que se produjesen por obra divina tantas apariciones de prodigios para significar un montón tan grande de cadáveres. (HG, 26)

Isidoro no duda en realizar la más expresiva descripción para referirse a la batalla, dejando de lado el rigor y la precisión histórica. Una cosa parece quedar clara: Isidoro sabía que en 451 se produjo un acontecimiento extraordinario que marcó el rumbo de la historia y que, al margen de los detalles minuciosos que de la misma se pudieran dar, debía de ser explicada de esta manera.

La descripción no era tan diferente de la que empleaba Jordanes, que nos ofrece el más extenso y detallado capítulo a la batalla, pese a escribirlo casi un siglo después de la misma.

Se concentraron, pues, las tropas en los Campos Cataláunicos, que se denominan también Mauriacos y que tienen cien leguas, como dicen los galos, de largo, y setenta de ancho [220×155 km] […] Aquella parte de la tierra se convierte entonces en punto de encuentro de innumerables pueblos, se enfrentan dos ejércitos valerosísimos, no hay ya lugar para tretas, sino que ahora se lucha en campo abierto ¿Qué motivo se puede hallar para una movilización tan ingente? ¿Qué odio los incitó a todos a armarse unos contra otros? Quedó probado que el género humano obedece a sus propias leyes, puesto que la locura de un solo hombre provocó con su ataque la destrucción de tantos pueblos, y el capricho de un rey arrogante destruyó en un instante lo que la Naturaleza había tardado tantos siglos en crear. […] Si la batalla en sí fue memorable, las peripecias de que se vió rodeada fueron también múltiples y sorprendentes. (De origine, 192- 194).

La visión de Jordanes.

Lo que Jordanes transmite es el enfrentamiento de los dos grandes poderes que dominaban el mundo conocido: el choque de dos masas de pueblos que en suma constituyeron la representación de toda la Humanidad, que en el campo de batalla van a decidir, sirviéndose únicamente de su coraje y valor, el rumbo de los tiempos. La historia se detendría, expectante, en ese momento según su visión. Él mismo se pregunta cómo ha podido producirse un acontecimiento semejante. Pero nos presenta un punto que ya ha desaparecido en la visión de Isidoro, medio siglo después. Cuando describe la masa de ambos ejércitos, destaca entre el bando romano a los francos, alanos y visigodos. Mientras, al servicio de Atila sólo cita a los ostrogodos y gépidas, destacándolos por su lealtad, honor, palabra y confianza:

No le debieron faltar razones a Atila para pensar que ambos iban a luchar contra sus parientes los visigodos. La restante muchedumbre de reyes y caudillos de diversos pueblos, si es que se los puede llamar así, estaban atentos a las órdenes de Atila como si fueran su propia escolta, y tan pronto como hacía un gesto con los ojos, sin murmurar siquiera una palabra, acudían todos ante él muertos de miedo y terror, dispuestos a llevar a cabo cualquier cosa que mandara. (De origine 199-200)

Frente al ejército romano, unido por el coraje y el deseo de defender sus tierras en lugar de entregarse al dominio huno, la única cohesión de las tropas de Atila era la dependencia personal al general. Dependencia que Jordanes presenta basada en el terror y el miedo, frente al bando opuesto que mantiene un pacto establecido libremente y en igualdad de condiciones. Presentada la posición inicial de la batalla, seguimos a Jordanes en su relato para ver el desarrollo del combate…

Tan fuerte era el miedo que inspiraba la batalla que fue Teodoredo, el rey visigodo, el que inflamó de coraje el corazón de sus hombres:

Aunque la situación generaba un gran temor, sin embargo la presencia del rey hacía que desapareciera la vacilación de sus hombres. Se entabla combate cuerpo a cuerpo. La batalla es atroz, confusa, cruel y encarnizada, totalmente distinta a cualquier otra de las que se libraron en la Antigüedad. Se cuenta que se vieron allí tales hazañas que el que se privara de contemplar este espectáculo jamás en su vida podría haber visto nada más extraordinario. (De origine 207)

El rey Teodoredo

Tras esta preciosa consideración de Jordanes, vemos cómo las tropas visigodas actuaron en dos áreas: la mayor parte junto a Teodoredo, en el flanco derecho, y una pequeña parte junto a su hijo Turismundo, que apoyaba a los romanos en el flanco izquierdo. Pero Teodoredo morirá prácticamente al inicio del combate:

Entonces el rey Teodoredo, mientras pasaba revista a su ejército para infundirle valor, cayó de su caballo y fue pisoteado por los suyos, muriendo a una edad ya bastante avanzada. Pero hay quien dice que lo mató una flecha lanzada por Andagis, que pertenecía al bando de los ostrogodos que estaban a las órdenes de Atila. […] Entonces los visigodos, separándose de los alanos, se lanzan contra las masas de los hunos y están a punto de matar a Atila, pero éste se percata de ello y con rapidez, logrando escapar con los suyos y ocultarse… (De origine 209- 210)

Teodoredo, muy anciano, tiene una muerte tan deshonrosa que el mismo Jordanes recoge la posibilidad de que fuera al menos una flecha la que tuviera el honor de matar al rey. Y no una flecha cualquiera, sino una lanzada por un ostrogodo, parientes de los visigodos.

Mientras todo esto sucedía en el flanco derecho, una pequeña tropa que seguía al príncipe Turismundo se había distanciado del grueso de tropas y desconocía todo de lo que sucedía en el flanco de Teodoredo:

Por lo que respecta a Turismundo, el hijo del rey Teodoredo, se había adelantado junto con Aecio a ocupar la posición elevada [una pequeña loma que destacaba en el campo de batalla] y había rechazado desde allí a los enemigos. Cuando creía que volvía a sus propias filas en medio de la oscuridad de la noche, llega sin saberlo hasta los carros [campamento] de enemigos. Allí se vio forzado a luchar valientemente, pero alguien lo hirió en la cabeza y lo hizo caer del caballo. Sus hombres lo rescataron con gran previsión y tuvo que abandonar la lucha. (De origine 211)

Ante esta acometida, liderada por un valor de Turismundo matizado por una situación comprometida que no buscaba, los hunos se replegaron a su campamento, protegido por una muralla de carros, y se produjo una pequeña tregua en la lucha.

Es en este impasse cuando Jordanes nos ofrece los funerales de Teodoredo:

Durante esta tregua del asedio los visigodos se dedicaron a buscar a su rey, y los hijos de Teodoredo a su padre, conmocionados por su desaparición en un momento venturoso. Después de buscarlo durante mucho tiempo, como suelen hacerlo los hombres valientes, lo encontraron entre el amasijo de cadáveres y lo honraron con sus cantos antes de llevárselo ante la mirada atenta de los enemigos. Se podían ver grupos de rudos godos con sus voces discordantes que se ocupaban de sus honras fúnebres entre los fragores de una guerra que aún continuaba. Derramaban lágrimas, pero como suelen hacerlo los hombres valientes. Se trataba de una muerte, sí, pero una muerte gloriosa, como podían atestiguar los hunos, y se podía pensar que con ella quedaba aplacada la soberbia de los enemigos, que se limitaban a contemplar cómo se trasladaba el cadáver de un rey tan poderoso con sus propias insignias. (De origine 214)

No olvidemos, para cuando veamos la perspectiva de Tolkien, el detalle de que pese a haber sido pisoteado por sus propias tropas el cuerpo del rey, su muerte seguía siendo gloriosa porque lo fue en primera línea de combate.

El nombramiendo de Turismundo

Seguidamente se produjo la coronación de Turismundo:

Aún estaban los godos celebrando los funerales de Teodoredo, cuando haciendo resonar sus armas, otorgaron la dignidad real al valerosísimo príncipe Turismundo, para que prosiguiera las exequias de los gloriosos manes de su queridísimo padre como correspondía a un hijo. Cuando éstas se dieron por concluidas, movido por el dolor de su orfandad y por el impetuoso valor que lo caracterizaba, decidió vengar la muerte de su padre atacando a los hunos que aún resistían…

Pero Jordanes frena el tono de su narración al recoger la petición de consejo que Turismundo hace a Aecio, el general romano: […] y para ello pidió consejo al patricio Aecio, dada su mayor edad y su experiencia en tales lides, sobre lo que debía hacer en aquellas circunstancias. (De origine, 215). Aecio le aconseja volver a Tolosa para consolidar su posición como rey de los visigodos. Sin entrar en más detalles, Atila huye y continúa devastando Italia, pero sin la fuerza que antes tenía, ya que al poco sería derrotado por los romanos.

La visión de San Isidoro

Medio siglo después de Jordanes Isidoro elaboraba su Historia de los Godos, Vándalos y Suevos, que se ha conservado en su edición breve inicial, y en la edición definitiva que revisó y amplió los contenidos ante la expulsión de los romanos de Cartagena y la destrucción de esta ciudad, c. 625. Dos cuestiones marcan su Historia: La identificación de Hispania con el Reino Visigodo, gracias a la conversión de éstos al credo católico niceno, y con ello un rechazo al Imperio que desde Constantinopla continuaba. Si Jordanes era un godo que estaba convencido de la supremacía de Roma, sin entrar en contradicción con el prestigio de los godos, Isidoro era un hispanorromano que se identifica con la política de la gens gothorum y buscaba el distanciamiento respecto a los romanos de Constantinopla. Por ello estudia en su historia los orígenes de este pueblo, considerándolo como el instrumento divino para castigar y finalmente sustituir a los romanos como pueblo elegido por Dios.

De este modo, su visión sobre los godos es positiva siempre que vaya de la mano de la ortodoxia religiosa. Además, se esfuerza por presentarlos como aliados de Roma en todo momento, pero siempre según su libre elección, al considerarlos un pueblo muy celoso de su libertad (HG 9). En su concepción, los visigodos son la representación de la virtus (el valor guerrero) pero carecen de la pietas o religiosidad, hasta que todo el pueblo se convierte al credo católico niceno siguiendo a Recadero, en el 589.

De esta forma, la narración de la batalla de los Campos Cataláunicos es un punto importante dentro su Historia. Mucho más corta que la versión de Jordanes, ya hemos citado al principio de este trabajo cómo Isidoro también concibe esta batalla como un suceso extraordinario, único en el tiempo y decisivo por su entidad. Pero antes de este fragmento Isidoro relata el desarrollo de la batalla con estas palabras:

Teuderido [Teodoredo], hecha la paz con los romanos, con la ayuda del general romano Aecio entró nuevamente en lucha abierta en los Campos Cataláunicos contra los hunos, que tenían sometidas a una cruel devastación las provincias de la Galia y causaban la destrucción de muchísimas ciudades, y allí sucumbió victorioso en medio del combate. Los godos, entonces, con la intervención en la lucha de Turismundo, hijo del rey Teuderido, se lanzaron a la pelea con tal fuerza que entre el primer combate y el último quedaron tendidos en tierra casi trescientos mil hombres. (HG 26)

Lo que podemos extraer de este fragmento es un importante cambio cualitativo respecto a Jordanes: en primer lugar contemplamos a un Teodoredo que muere victorioso en medio del combate. En medio siglo, y por la intención del narrador, el embarazoso tema de la muerte de Teodoredo queda superado por medio de una muerte gloriosa en la batalla, luchando en primera línea. Pero todavía más interesante nos parece la actuación de Turismundo, en un segundo momento de la contienda, que encabeza y lanza a los godos a la victoria de forma contundente, sin dejar que la muerte del rey frene su ímpetu o valentía guerrera, su virtus. La exageración en el número de muertos no sería sino el resultado de hacer visible y verídica la figura de unos guerreros que, terribles e imparables, chocan contra las fuerzas enemigas, arrasándolas.

Los detalles de Jordanes aquí no tienen cabida: Isidoro muestra cómo el resumen de la batalla no son las dudas, las retiradas o las treguas que antes veíamos, sino la convicción firme e inquebrantable de la esencia guerrera de los visigodos, siguiendo la coherencia de su relato al combinar la virtus goda a la pietas romana. Así, Isidoro termina diciendo cómo los hunos, destrozados casi hasta el exterminio, abandonaron las Galias con su rey Atila, huyendo a Italia (HG 27), donde el emperador derrotó a los restos del ejército. No obstante, Isidoro continúa con una breve descripción de las costumbres del pueblo de los hunos, citándolos como el instrumento de la ira de Dios, que castiga a los romanos por sus vicios e impiedades, pero también presentando a los godos como el instrumento divino, providencial, que los frena, por su virtud y fuerza.

Si nos acordamos, Jordanes no estableció separación entre batalla y coronación de Turismundo. Pero Isidoro ha insertado este paréntesis narrativo para cambiar el tono de su relato, con el fin de decir lo siguiente:

En el año primero del imperio de Marciano, Turismundo, hijo de Teuderido, es promovido al reino durante un año. Éste, como ya desde el comienzo mismo de su reinado, por su carácter salvaje y criminal, inspirase sentimientos hostiles y actuase de modo insolente, fue muerto por sus hermanos Teuderico y Frigdarico. (HG 30)

Frente al Turismundo que en Isidoro unas líneas antes era el guerrero glorioso, que con su arrojo y coraje guió a los godos a la victoria, ahora nuestro autor presenta su faceta impía, por la que en última instancia es rechazado en su relato. Mientras, Jordanes nos dice que Turismundo reinó tres años, y que tras la batalla vivió en paz, querido por su pueblo en Tolosa, pero al tiempo cayó enfermo y fue asesinado por Ascalco, uno de sus clientes. Jordanes finaliza diciendo: Pudo no obstante vengar su propia sangre matando a algunos de los conspiradores con un escabel que cogió con la única mano que tenía libre (De origine 228); es decir, mantiene su fuerza hasta la hora de la muerte.

La visión de Tolkien

Pocas referencias hay para esta batalla después de estos relatos, y ninguna tan larga. Si hubo un poema o cantar, como parece apuntar la altura y consideración de la misma, no se nos han conservado referencias directas o indirectas. Sin embargo, su altura épica y lírica es evidente. Esto debió considerarlo Tolkien tras su lectura, y decidiría convertirla en uno de los puntos de inflexión determinantes en El Señor de los Anillos. Ya en boca de Gandalf realiza una premonición que es la siguiente:

Os diré [a los gondorianos] que habéis tardado mucho en reparar el muro del Pelennor. El coraje será ahora vuestra mejor defensa ante la tempestad que se avecina… el coraje y la esperanza que os traigo. (SA 5 I:24)

Esto recuerda a la visión de Jordanes de que no es momento para tretas, sino la hora de confiar en la virtus, en el espíritu o virtud militar. Pero veamos ya como comienza propiamente su relato, con Théoden:

Ante la oscuridad y ya frente a los campos del Pelennor, la figura encorvada del rey se enderezó súbitamente. Y otra vez se le vió en la montura alto y orgulloso […] nadie era tan rápido como el rey Théoden. Galopaba con un furor demente, como si la fervorosa sangre guerrera de sus antepasados le corriera por las venas en un fuego nuevo; y transportado por Crinblanca parecía un dios de la antigüedad, el propio Oróme el Grande, se hubiera dicho, en la batalla de [los] Valar, cuando el mundo era joven. El escudo de oro resplandecía y centelleaba como una imagen del sol, y la hierba reverdecía alrededor de las patas del caballo. (SA 5 V:64-68)

Théoden es aquí el Teodoredo anciano que veíamos arengar a sus tropas y encabezarlas en la batalla pese a su edad. En plena carga continúa Tolkien, intentando recoger las canciones de los rudos godos de Jordanes en su obra:

Y de pronto los ejércitos de Rohan rompieron a cantar, y cantaban mientras mataban, pues el júbilo de la batalla estaba en todos ellos, y los sonidos de ese canto que era hermoso y terrible llegaron aun a la ciudad. (SA 5 V:68)

Luego Tolkien aborda el capítulo VI del libro 5, dedicado expresamente a La Batalla de los Campos del Pelennor, con una referencia al Capitán Negro de la siguiente manera:

No era un cabecilla orco ni un bandolero el que conducía el asalto de Gondor. Las tinieblas parecían disiparse demasiado pronto, antes de lo previsto por el amo del Capitán Negro… (SA 5 VI:1)

Esto nos recuerda a la imagen de Atila que dibujó Jordanes, sobresaliendo sobre la masa de guerreros que, más allá de los ostrogodos y los gépidas, a sus ojos eran mediocres. No hay que olvidar cómo, por ejemplo, Tolkien recoge en la carta 270 a Christopher Tolkien sus reflexiones sobre Atila, o la conferencia sobre Bárbaros y ciudadanos en el St. Anne’s College que cita Tom Shippey (The road… 17).

El momento de la muerte de Théoden tiene lugar prácticamente al principio de la batalla, al igual que la de Teodoredo, pero Tolkien dará su particular interpretación:

En la plenitud de la gloria del rey, el escudo de oro empezó a oscurecerse. La nueva mañana fue quitada del cielo. Las tinieblas cayeron alrededor. Los caballos gritaban, encabritados. Los jinetes arrojados de las sillas se arrastraban por el suelo. […] Crinblanca, enloquecido de terror, se había levantado sobre las patas, luchaba con el aire, y de pronto, con un grito desgarrador, se desplomó de flanco: un dardo negro lo había traspasado. Y el rey cayó debajo de él. (SA, 5 VI:4-5)

Tolkien no duda de la muerte que narra Jordanes en su obra, pero tampoco de la imagen idealizada que pretende transmitir San Isidoro. Él opta por una vía propia en Théoden, armonizando la presencia de la flecha perdida que comentábamos en su momento, y que cayera de su caballo, siendo pisoteado únicamente por éste, y por accidente. Todo ello añadiendo la imagen de un rey que mantiene su gloria pese a morir de esta forma.

Lo que Tolkien no concibe, como tampoco lo hizo San Isidoro, es la imagen de un rey pisoteado por sus propios soldados. Para ello pone en boca de Éomer las órdenes que evitan esta escena. Al seguir la narración leemos:

En ese momento llegó Éomer al galope, acompañado por los sobrevivientes de la escolta […] quienes lo rodeaban lloraron, clamando:— ¡Théoden Rey! ¡Théoden Rey! Pero Éomer les dijo: ¡No derraméis excesivas lágrimas! Noble fue en vida el caído y tuvo una muerte digna. Cuando el túmulo se levante, llorarán las mujeres. ¡Ahora la guerra nos reclama! Sin embargo, Éomer mismo lloraba al hablar. —Que los caballeros de la escolta monten guardia junto a él, y con honores retiren de aquí el cuerpo, para que no lo pisoteen las tropas en la batalla. Sí, el cuerpo del rey y el de todos los caballeros de su escolta que aquí yacen. (SA 5 VI:31-36)

Lo valorable de este pasaje es, además, la visión de unos rohirrim que en este momento representan a los godos, llorando ante el cuerpo muerto de su rey, como hombres valientes ante una muerte gloriosa.

Finalmente cabe citar los últimos fragmentos de la batalla. Ya aclamado como rey, Éomer,

Sin esperar la llegada de los hombres de la ciudad, montó y volvió al galope hacia la vanguardia del gran ejército, hizo sonar un cuerno y dio con fuertes gritos la orden de iniciar el ataque. Clara resonó la voz de Éomer a través del campo: — ¡Muerte! ¡Galopad, galopad hacia la ruina y el fin del mundo! (SA 5 VI:37-38)

Como Turismundo avanzó fuera de sí para vengar la muerte de su padre, según los relatos vistos, aquí Éomer clama por un contundente ataque. Pero con el revés de las naves del sur aproximándose al campo de batalla, dice Tolkien:

Se proponía levantar al fin un muro de escudos, y resistir, y combatir a pie hasta que cayera el último hombre, y llevar a cabo en los campos de Pelennor hazañas dignas de ser cantadas, aunque nadie quedase con vida en el Oeste para recordar al último Rey de la Marca. Cabalgó entonces hasta una loma verde y allí plantó el estandarte, y el Corcel Blanco flameó al viento. […] el señor de un pueblo indómito. (SA 5 VI:59-61)

A esto último ya hizo referencia San Isidoro expresamente, con el carácter de los godos como pueblo libre en base a su coraje o virtud guerrera. Pero podemos ver dos elementos más: primero, la convicción plena de realizar hazañas que merecerían cantos y el recuerdo de generaciones futuras, tal y como sucedió con los Campos Cataláunicos en vista de Jordanes. Y por otro, el guiño que creemos poder ver con el detalle de la loma verde, que recuerda a la pequeña loma tomada por las tropas de Turismundo y Aecio en plena batalla contra Atila, y cuyo dominio facilitó la victoria.

Los testimonios de la épica goda

Bien es cierto que los rohirrim, en la Batalla de los Campos del Pelennor, tal como reconoce Tolkien en la carta 187, muestran en los cantos realizados en la batalla el esquema aliterado anglosajón. Pero esto no va en detrimento de poder ver en la batalla una visión particular de Tolkien sobre otras historias «reales», como la de los Campos Cataláunicos, que ha remodelado y dinamizado con otros elementos de su propia subcreación, reformulándolos y recogiéndolos de forma armonizada en el relato.

Cuando vemos a Éomer disponiéndose a realizar hazañas dignas de ser cantadas, podemos ver una actitud de gran altura: la misma que tuvieron en su tiempo los godos en la Batalla de los Campos Cataláunicos. El mismo relato de Jordanes sobre los funerales de Teodoredo, en plena contienda, donde se realizaron cantos mientras lloraban la muerte de su rey, son un testimonio directo de la existencia de los mismos. Pero no es el único, como veremos con Hermanarico. Y es que el mismo San Isidoro, para centrarnos en los autores que hemos recogido en este breve ensayo, cita otro suceso con elementos extraordinarios que bien pudieran haber sido dignos de mención en cantos: nos referimos al extraño milagro que sucede en el reinado de Eurico, pocos años después de la muerte de Turismundo:

Eurico, estando cierto día reunidos los godos en asamblea, observó que las lanzas, que todos llevaban en sus manos, cambiaron durante algún tiempo, por la parte metálica, es decir, por la punta, la forma propia del hierro, tomando unas el color verde, otras el rosáceo, unas el azafranado, otras el negro. (HG 35)

Esto se ha interpretado como un presagio de su muerte, pero poco más se ha comentado. Igualmente Atila tuvo presagios de su derrrota antes de la batalla, según fragmentos de Jordanes que no hemos recogido para no hacer más pesada la lectura.

La presencia de una épica en lengua goda, al menos oral, se manifiesta como decíamos en otro fragmento de Jordanes, referente al tan mitificado Hermanarico, al que, según dice nuestro autor, algunos de nuestros antepasados lo comparan con razón con Alejandro Magno (De origine, 116). Hermanarico también conoció la presencia de los hunos, a los que se enfrentó: Aunque había obtenido el triunfo sobre muchos pueblos no dejó de inquietarse ante la llegada de los hunos (De origine, 129), tal era el miedo que parecía preceder siempre a los hunos. Pero existe otro poema que es necesario recoger y comentar.

La Batalla de los Godos y los Hunos

Recientemente Christopher Tolkien ha publicado la traducción inglesa de un poema llamado La saga del rey Heidrek el Sabio, del original Heidreks Saga o Hervarar Saga. Ésta pertenece al grupo de las fornaldarsogur, o Sagas de las Eras Antiguas, que constituyen el grupo de relatos más antiguos que se conservaron en la tradición nórdica. Al final de la misma encontramos los fragmentos del llamado poema de la Batalla de los Godos y los Hunos, objeto de acalorados debates sobre la situación de su escenario geográfico (The saga…, xxi). Nuestro interés reside en las conexiones que puede tener con el momento de los Campos Cataláunicos, pero también, y como está más reconocido, con la época de Hermanarico.

Shippey, en su reseña a la traducción de Christopher Tolkien, nos dice cómo este poema is in one way a mirrorimage of one of the most famous and probably most ancient Old Norse poems, “The Lay of Hamthir,” which is certainly based on a historical event of the late fourth century. (Reseña, 139)

Es decir, tiene paralelos con otro poema, el Cantar de Hamthir, situado a finales del siglo IV. Cualquier intento por identificar nombres de personajes reales con los protagonistas de estos poemas ha sido infructuoso, y la conclusión de Christopher Tolkien, a la que se une Shippey, es que las raíces de este poema no se pueden identificar ni entroncar con ningún suceso histórico que conozcamos; es más: es imposible fijar un momento preciso para la misma. (The saga… xxiiii; Reseña,141)

Lo que nos debe parecer claro es que este poema de la Batalla de los Godos y los Hunos es un elemento superviviente de una tradición de cantares o poesía épica que con certeza existió en época de los godos, pero que no llegó a fijarse por escrito, o si se hizo no se han conservado los manuscritos. No obstante, otros elementos apuntan en las mismas direcciones: es el caso del héroe Walter, en el Waltharius latino o su versión anglosajona Waldere, que se adscribe al héroe (visi)godo que llega a aparecer en el famoso Cantar de los Nibelungos.

Pero hay otros elementos que muestran la presencia de cantares elaborados con una base histórica como raíz. Están las numerosas referencias a Hermanarico en poemas y sagas, mitificado como ya hemos visto con Jordanes, que lo considera el Alejandro Magno de los godos, y también otros dos casos: La Saga de Teodorico de Verona o Thidreks Saga, y el Hildebrandslied o Cantar de Hildebrando. Ambos se encuentran en el contexto del reinado de Odoacro el hérulo, o bien del ostrogodo Teodorico, y sin duda son la permanencia en la memoria de los pueblos de tradición germánica de las hazañas que lograron algunos personajes heroicos, en este caso en el sur. No en vano, el Beowulf es otro poema que deberíamos al menos citar al participar de este proceso, aunque sus hazañas se realicen en el norte.

Hay un elemento más que apunta a la posible existencia de una épica goda todavía a finales del siglo VI o aún más tarde (la batalla de los Campos Cataláunicos es de mediados del V, como decíamos), de manos de los visigodos: nos referimos a la idealización de la figura de Brunequilda, princesa visigoda hija de Atanagildo que se casó con Sigiberto y fue madre de Childeberto II de Austrasia, llegando a tutelar los tres reinos merovingios y a tener una vida digna de un cantar. No en vano, su fuerte personalidad queda recogida en la Historia de los Francos de Gregorio de Tours, pero lo que para nosotros es más importante: también formó parte de la memoria colectiva de la época y los períodos posteriores, ya que fue tal su carácter que marcó a su generación. De este modo se llegó, a través de los años y su recuerdo, a identificarla con la valkiria Brynhildr, presente en las mismas Eddas y que igualmente aparecerá como reina en el Cantar de los Nibelungos, en el personaje de Brunhilda. No obstante, aunque tengamos registrado el proceso de mitificación de la misma a través de los cantares, no sabemos con certeza el momento en que se idealizó su figura. Es probable que ambos procesos, realidad e idealización, fueran de la mano desde el principio.

Conclusión

El mismo proceso podríamos estar contemplando con el relato de la Batalla de los Campos Cataláunicos y las referencias a la Batalla de los Godos y los Hunos. Si ya en su época se mitificó, en el cantar que cierra la Heidreks Saga podemos ver cómo se cita un Myrkvidr o Bosque Negro, situado entre hunos y godos (y que Tolkien recoge para su Mirkwood), donde los hunos estarían al sur y este de la tierra de los godos (The saga… xxvi); o cómo se hace referencia en otro cantar anglosajón, el Widsith, a que hunos y godos se enfrentaron en los bosques del Vístula. (The saga… xxvii)

Después de la lectura que hemos hecho de ambas fuentes, Jordanes e Isidoro, e indirectamente por la visión particular que da Tolkien, creemos en la posibilidad de estar viendo una superposición de dos batallas. Según hemos visto y está reconocido, lo que prima en estos relatos no es la precisión estricta de sus elementos, sino la forma en que se transmite su significación. De ahí que una primitiva batalla original, identificada con algún acontecimiento sucedido entre Hermanarico y los hunos, haya podido unirse en el relato de la Batalla de los Campos Cataláunicos, tan elevada por Jordanes, recordada por Isidoro, y con una actuación de Teodoredo y Turismundo cargada de elementos susceptibles de ser aprovechados por la épica. Ambas llegarían a identificarse por sus características, armonizando sus elementos particulares en un relato coherente.

Quizá de ahí la imprecisión e incapacidad de establecer respuestas definitivas: es la misma imprecisión que cuando vemos a un Atila aparecer en el Cantar de los Nibelungos junto con personajes posteriores, como Brunhilda, Walter o Gontrán. Simplemente porque no importa la exactitud rigurosa del relato, sino la transcendencia verdadera de su mensaje para elaborar un modelo de actuación y referencia que sea recordado e imitado por las generaciones presentes y futuras. Es aquí donde creemos que triunfa el intento de Tolkien por adecuar, en base al modelo de la batalla de los Campos del Pelennor, la memoria de la batalla de los Campos Cataláunicos, imprecisa en detalles pero tremendamente viva y dinámica. Y es que creemos que él realizó, a la manera de otros autores de la Antigüedad o del Medievo, una actualización propia y original de los acontecimientos pasados, transmitidos a través de cantos, para ser contemplados en los nuevos tiempos. Todo ello desde una visión en la que se busca articular diferentes tradiciones antiguas, llenas de vitalidad, que trascienden, inmutables en su esencia, al paso del tiempo.

Daniel Hernández San José

 


Source: AsatruHoy

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